PUL PUL
- Satyros

- 4 jun 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 11 jun 2020

A las ocho de la noche, en el octavo piso del octavo edificio se escucharon sonidos, ruidos de lo que parecía ser la consumación del amor. Con esto me refiero a que aquella noche hubo sexo, mucho sexo en ese lugar… Gemidos, alardeos y risillas traviesas no dejaron de sonar.
Ocho semanas después una sorpresa recibirían, pues después de muchos intentos ella por fin estaba en cinta. La noticia les llenó de emoción, la compartieron con amigos y familiares y juntos todos ellos esperaron alucinantes.
Los días pasaban y la pareja no cabía en felicidad, de inmediato los regalos de los familiares comenzaron a llegar; mamelucos con ositos, baberitos con perritos, cobijitas y toallitas muy suaves les llegaban a raudales. La espera era eterna “¿qué será, niño o niña?” “¿De qué color pintaremos la habitación?” a diario discutía la pareja liberando la tensión: “si es varón será como su padre, con barba y ojos color miel o será tan bella como su madre, con el cabello largo, si es mujer”.
Por fin llegó el momento, esa tarde sabrían cómo llamarían al bebé, si es niña será Isabela, si es niño será Javier. Con el brillo en los ojos y los nervios en la piel, esperaron tras la puerta, con las ansias de saber; “señora es su turno” dijo la enfermera con gusto. Los chicos pasaron y frente al doctor se sentaron “recuéstese sobre la mesa y con cuidado, que está resbaloso”, mientras le untaban una cosa viscosa en el vientre la futura madre sostenía fuertemente la mano de su esposo. En la pantalla apareció una pequeña forma “esa es la cabeza, pero les tengo una mala noticia... no sabremos que es muy bien con certeza. El bebé está volteado, creo que nos dejará ver, podrían volver otro día si en verdad quieren saber.”
No volvieron donde el médico pues pronto lo conocerían, pero un día algo extraño ocurrió. Un intenso dolor bajo el vientre los despertó, de inmediato se dirigieron al hospital entre brincos y trompicones llegaron deslizando pues ella sangraba a borbotones, “¡el bebé está por llegar!” gritó la enfermera por el pasillo. Preocupada la madre preguntó al doctor si eso era normal, él respondió que sí pues suelen ser bebés prematuros, aunque el suyo parece ser ochomesino.
A las 8 de la noche se escucharon gritos en la habitación 8 del hospital, y a las 8 con 8 una pequeña cabeza calva asomó de entre las piernas de la mamá, el padre nervioso cayó desmayado y la mujer exhausta cayó a su lado. Los médicos se miraban uno al otro atónitos mientras la enfermera se llevaba al pequeño bulto a los cuneros. Cuando los padres despertaron, el doctor entró en la habitación y dijo: “señora, su bebe está bien y estable, solo que hay algo que no entendemos y quisiéramos saber…” Emocionada la mujer exigió callar al médico y al bebé poder ver. “Bien, traigan al bebé” dijo encrispado el doctor. Cuando la enfermera entró a la habitación con el pequeño bulto una sonrisa se esbozó, la cobija cayó del rostro del bebé y los padres enmudecieron, entre los brazos de la enfermera asomaba un pequeño pulpo rosado con grandes ojos negros. La madre preguntó: “¿Ese es mi bebé?” y el padre se levantó, lo tomó en brazos y se lo entregó a la mujer. “¡Es hermoso!” dijeron al unísono mientras acariciaban su suave piel.
Días después se les veía por la calle pasear muy felices, la mama, el papa y el pequeño pulpo. Pintaron la habitación blanca con olas azul oscuro, compraron zapatos para ocho patitas, cambiaron la cuna por una pecerita y de nombre le pusieron Pul Pul, a esa rosada y dulce bolita.
By Satyros






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