Monstruo F.K.
- Satyros

- 4 jun 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 10 jun 2020
"Oscuridad es todo lo que veo, soledad es lo único que siento… Si tan solo estuvieses aquí."

Oscuridad, polvo y escombros, los tenues rayos de luna traspasando las comisuras de la madera que desde hace años sellan las ventanas; tenues destellos que alcanzan a vislumbrar algo más que siluetas, maderas podridas picadas por la polilla que anida en su interior, humedad sombría que desde el interior levanta el ácido hedor del abandono. Una mansión muy antigua sin lugar a dudas, habitaciones tan grandes que incluso el eco de una pequeña gota de agua resuena en su interior, pasillos tan largos y lúgubres que parecen no tener fin y un par de escaleras desgastadas por el tiempo coronadas con un vitral roto carente de luz y, dentro de toda esta bastedad de horrores, la historia encerrada de un hombre que jugo a ser Dios.
La historia de aquel hombre solitario, alejado, de mirada penetrante y cabello cano pero de gran saber, de fríos dedos alargados y de sonrisa casi nula, aquel anciano al que todos llamarían extraño, si decidiese dar un paseo por la plaza… ¡ay de quien tan irremediable fortuna! Pues uno no nace pidiendo por uno mismo de que nos toque en el destino el infortunio de crecer en soledad, pues hasta el alma mas resquebrajada y la sonrisa mas hosca merece calor. Está de Dios y no del hombre tomar esa decisión y, aunque en este hombre Dios no era una opción, tomó de propia mano lo que su alma le pidió ansiosamente. Quién iba a imaginar que después de una vida de amargura y desprecio, buscaría el cariño de aquellos que le negaron el calor.
Pues verás, de aquel hombre aislado nació la leyenda del monstruo que no quiere ver el sol… 25 años pasaron desde aquel fastuoso día: mujeres portando antorchas y hombres a pico y machete amenazaban desde la fachada de la mansión, azotando, irrumpiendo, destrozando el acero de la valla que la protegía, entrando a postas de su voluntad con el único propósito de develar la verdad que detrás de aquellas paredes se escondía. Se hablaba de una sombra merodeante por las noches, un asechador oculto entre la niebla, aprovechado para entre la oscuridad esconder su delgada figura a la sombra de los arboles frondosos, donde su silueta y la de él se volvía una. Jamás dañó un ser vivo, jamás tocó el pelo de un animal, a éste ser solo le importaban los desechos, las sobras de los cuerpos muertos, de aquellos que, sin vida en el cementerio, esperaban una suerte mejor: ser devorados por los gusanos, necesitados de una salvación para su alma desde el sepulcro.
Dios ha de saber que para crear vida hay que tener vida, y aquel anciano no lo supo hasta el momento de haber terminado su ritual. Armó las piezas de una por una con la maestría que los libros le enseñaron y la habilidad que con los años dominó: un pie, una mano, un cerebro, un hígado y un riñón. Guiado por el deseo de un calor, estimulado por el logro de su cometido, a su creación solo le hacia falta un motor.
Nadie se habría percatado de tan cuidadosa labor hasta que la madre del panadero olvidó dejar su herencia, una pieza codiciada por aquel, su único heredero, pues de ambiciones el hombre no sacia su sed, y aquel ingrato, indulto, profanó los restos de su madre para buscar lo que más riqueza le podía traer a su vida: un pequeño collar de diamante. Pero a su sorpresa lo que habría de encontrar, entre las manos el collar intacto, abrazado, arropado por los pellejos de las carcomidas manos.
Apenas 3 días habían pasado desde que la vieja bajó a la tierra y ya se sentía el hedor a putrefacción, pero más que un desgastado semblante blanquecino y una piel abultada, la mitad del cuerpo estaba desprendida y yacía un vacío en el interior. Aquella anciana solo tenia un mal y ese era su corazón, pero todas sus entrañas guardadas en el interior aún podían usarse para satisfacer la necesidad de un cuerpo deseoso de vida.
Nadie aseguró que de la mano de un hombre eso había ocurrido, se culparon a las bestias, a los lobos y a los coyotes que por la noche descienden de la montaña a beber del río que desborda al costado de la iglesia, pero tanta precisión, no era mano de la bestia sino de un hombre errado que tomó lo necesario y se marchó.
Hacia 3 días la creación estaba terminada; su esposa la llamaba aquel inmundo ser, pero sin la capacidad de amarlo, sin el calor por el cual fue concebida y sin la compasión de Dios para tener la capacidad de hacerlo, le hacía falta una cosa: un corazón vivo. Era lo único que hacia falta para lograr aquello que el más anhelaba, la compañía de un ser querido.
Hacia 10 días que no se le veía a la moza Victoria; delgada, piel blanca y cabello color miel, noble mujer que vivía para servir y que más que por obediencia lo hacía por placer pues de su madre aprendió a dar sin recibir, de su iglesia la indulgencia y de su padre la bondad. Engatusada, arrastrada por el deseo de ayudar, fue atraída hacia la trampa de un viejo solitario, débil y apenas convaleciente de salud. Pasa que, el lobo se disfrazo de oveja y en la más mínima ocasión, aquel anciano se levantó y, con las fuerzas que había acumulado en el estomago, tomó el cuchillo que escondía en su pantalón, alzó los brazos tras su cabeza y aguardó. Cuando Victoria no tuvo mayor preocupación de dar la espalda, la apuñaló atravesando su garganta; la sangre resbaló sobre su blanco cuello y manchó de rojo su delgado vestido amarillo. Incapacitada para poder gritar, la joven agonizó mientras miraba unos ojos profundos y ennegrecidos por la codicia, aquella sonrisa dibujada en la boca salivante del anciano que sin pena ni encargo, recolectaba su sangre en un balde de metal.
La pieza estaba colocada, el corazón latía en la mano del monstruo, palpitando, sacudiéndose, tan cálido, tan rojo, tan vivo.
Al entrar a la casa se vislumbro el horror: una cálida habitación alumbrada por un fogón que ardía dentro de la chimenea de piedra, una taza de té sobre la mesilla y un sillón volcado en el suelo, vacío, pues minutos antes el anciano se había percatado de la presencia de los aldeanos y conociendo la casa desde cada rincón escapo por un atajo en la pared sin ser visto, ocultándose en las sombras tras los troncos, tras las rocas. Se hundió en la montaña, y ahí desapareció. Un cuerpo fue encontrado en una habitación… la moza Victoria junto a una inscripción: "Solo hacia falta un corazón."
Del señor Franklin no se volvió a saber jamás; se dice que murió en la montaña devorado por los lobos, a la moza se le dio sepultura en el cementerio del pueblo junto a sus padres y hermanos que yacían descansando en paz y de la criatura… de ella ni rastro quedó.
Algunos dicen que no lo logró y en su decepción la destruyó, pero es claro que en las frías noches de invierno, cuando la luna traspasa el vitral, dentro de la mansión se escucha el llanto de la soledad.






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