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COMIDAS EXÓTICAS: CARNE HUMANA

Actualizado: 10 jun 2020




“La comida es un placer, en exceso un pecado y en esencia es una satisfacción, pero más que nada es lo que hace al hombre ser hombre”





¿A quién no le encanta una cena romántica en algún restaurante? O los platillos recién preparados con el toque de la abuela, y seguro más de uno ha comido alguna cosa extraña por la simple curiosidad del “¿a ver, a que sabe?” Ya sea por Internet, televisión o porque tu amigo el viajero te relató una historia, todos hemos escuchado de las comidas exóticas: gusanos, arañas o hasta perros y ratas son algunos de los platillos que podrían revolver tu estomago o incitar tu curiosidad, y por esa razón en esta ocasión visitamos un lugar con un tipo de comida exótica increíble: un restaurante de carne humana.


En algún lugar del mundo, cuya ubicación no puedo revelar, existe un restaurante que rebasa la línea de lo exótico y lo extraño, el “Skin and Flesh”. Debido a que solo unos pocos conocen su ubicación y están dispuestos a pagar el precio, es un restaurante de lo más selecto y exclusivo, pero el alto costo del menú no es el precio al que nos referimos pues, como ya les adelanté, aquí el platillo principal es la carne humana y no cualquier carne humana, en específico, tu propia carne.


Algunas personas lo catalogan como enfermedad mental, otros creen que es un gusto incomprendido, pero lo cierto es que nos sorprende a todos el pensar en comer carne humana y es porque no es algo normal en nuestra sociedad y como es de intuirse, la extracción de la materia prima podría ser considerada un delito. Comer a otra persona es un crimen, pero comerte a ti mismo es un tema que deja a las leyes y la moral pensando, y aunque puede que esto no sea del todo legal, no hay juez que lo impida. Es por esta razón el “Skin & Flesh” prefiere mantenerse en las sombras.


Ahora bien, la experiencia de asistir a este lugar puede resultar un poco agridulce. Con el simple hecho de saber la temática del restaurante ya hace que la piel se erice, así que les narraré mi vivencia…


El día comienza y me dirijo a la casa de mi amigo, a quien llamaremos Louis. Louis asistió a este particular sitio por primera vez gracias a su amigo Javier, quien tras una alocada fiesta le propuso la idea y ante la incredulidad de Louis, accedió.


Al llegar a casa de mi amigo tras un par de horas de viaje, Louis me recibe con una gran sonrisa y un fuerte apretón de manos que jamás olvidaré; al estrechar su mano no puedo evitar pensar que aquellos dos dedos que le faltan terminaron en una sartén y no cortados por una prensa como nos había hecho creer.


Louis es un exitoso inversionista, amante de los perros y coleccionista. Su colección más grande consta de fichas de cerveza de todos los países del mundo en los que ha estado y créanme, no son pocas. Después de mostrarme sus aparadores y habitaciones llenas de tesoros, nos pasamos a la sala a tomar un trago y a charlar un poco, una vez en confianza y con el apetito abierto nos dirigimos a su cochera donde un hermoso Mercedes del año nos espera para llevarnos a nuestro destino.


Las calles rebosan de gente y en el horizonte el sol cae con brillantes tonos naranjas. Louis cuenta un par de chistes sobre prostitutas y ancianos para calmar el ambiente, pues él mejor que yo sabe lo que es dirigirse a este lugar por primera y única vez. Los chistes son muy graciosos pero mi risa es mas de nervios, me sudan las manos y no paro de mover la rodilla, el sudor en mi frente es reflejo de ello, Louis al percatarse enciende el estéreo y al ritmo de New York, New York los minutos pasan dentro del auto.


Después de un par de temas del gran Frank, Louis para sobre una avenida y me pide cubrir mis ojos, es claro que estamos a punto de llegar y por ciertas razones no quiere que vea el camino. El resto del camino es amenizado por Jerry Louis, y un par de historias más, mis pensamientos se vuelven más oscuros y mi atención divaga entre la oscuridad de mi vista; el auto se detiene, lo que me indica que hemos llegado, la puerta del auto se abre y sin decir nada Louis baja, escucho un susurro a lo lejos, muy tenue, casi silenciado por el palpitante sonido del indicador de la puerta, siento ansiedad y ganas de descubrir mis ojos, pero la risueña voz de Louis me lo impide.


-¿Estás listo?- pregunta burlón, asiento con la cabeza y siento como el auto avanza lentamente.


-Bien- exclama Louis mientras me descubre los ojos. Entre mi ceguera diviso un letrero neón y una puerta de metal, parece que nos encontramos en un estacionamiento pero temo preguntar y sólo camino. Frente a la puerta un hombre de traje saluda a Louis, nos abre paso y nos escolta hasta la mesa, parecen ser grandes amigos, charlan un momento y yo sólo sonrió junto a ellos. En la mesa hay un par de cartas negras con el menú y el lugar es como una especie de bar muy elegante; hay una barra con botellas de licor, el cantinero al igual que los meseros lucen trajes negros con moños rojos, la música es suave al igual que la luz, la decoración consta de cuadros con gente desnuda sobre marcos dorados que contrastan con la pared, las mesas son de cristal con el mantel atravesado y los sillones son de terciopelo. Parece más elegante de lo que creía.


-¿Qué te parece?- pregunta Louis mirándome fijamente, -es demasiado elegante- respondo sin dejar de mirar la fuente en la pared. El lugar es muy cómodo, incluso después de un rato comienzo a olvidar porqué estoy ahí; tomamos un par de tragos y aperitivos de galletitas con dip de hierbas y crema, hasta ese momento no me había molestado en tomar la carta y abrirla, tal vez eran mis nervios o la sorpresa de ver a la gente tan tranquila conversando y riendo. Louis toma el tríptico negro con letras doradas sobre la mesa y comienza a recitar, la verdad es que no escuche lo que había dicho pues al ver nuevamente esa mano sin dedos sosteniendo el menú. «¿Con qué habrá perdido sus dedos?», me perdí en mi pensamiento. Tomo la carta disimulando mi ansiedad y la abro; del lado izquierdo una lista en letras doradas con 20 maneras de preparar tu platillo: a las brasas, a las finas hierbas, en estofado, al whisky o al vino tinto a la sartén; las guarniciones las describía la parte del lado derecho y eran a elegir: alubias, vegetales, purés y hasta flores exóticas, pero en el centro se encontraba lo más curioso de todo: un esquema del cuerpo humano seccionado en cuadrantes de qué partes se podían preparar y en qué cantidades; 1 corte fino de cuádriceps, glúteo, dorsal o deltoides, de toda la zona muscular se podría sacar uno o más cortes, marcado con rojo dedos y hasta ojos; sin duda un menú demasiado excéntrico que te enchina la piel. No puedo detenerme a pensar el dolor que implica pedir cualquier platillo, pero más que cualquier otra cosa, el trauma de saber que por voluntad propia has perdido un ojo o un dedo y te lo has comido, que cada que veas esa parte faltante de ti te arrepientas de haberlo hecho. Louis mira mi cara de asombro y terror, acto seguido y frente a mi nariz cierra la carta y reclama: -Yo me encargo de la cena, tú solo pide un buen vino.-


Llama al mesero, quien se acerca con un par de platitos de porcelana y dos saquillos blancos:

-Dos cortes de gemelo interno con puré de papa, vegetales asados con licor y tomate Cherry para compartir, por favor, y el mejor merlot que tengas disponible.

Louis toma mi mano y me pide que me relaje, toma el saquillo y lo vacía sobre la ensalada de pepino con aceite. Mientras lo hace me confiesa que un dedo sí lo perdió en la prensa como nos había contado, pero el otro lo perdió en su primera visita a este lugar; lo pidió en estofado con papas y zanahorias y aunque fue una buena elección, se arrepiente de no haberlo pedido a la parrilla. Come de la ensalada mientras yo permanezco estático y solo asintiendo con la cabeza, no imagino lo asustado que debí parecer en ese momento pues Louis sonreía al verme. “Solo quita esa cara y promete disfrutarlo”, dice mientras se levanta, da un paso al frente y se voltea con tono burlón. -Al final recuerda decirme cuál es mi sabor…- y ríe mientras camina a la puerta roja que se encuentra en el fondo.


Ahora pienso que ese lugar tenía todo de macabro, desde la entrada hasta la ambientación. Es cierto que lucía muy bonito, pero denotaba toda la intención de casa del horror. Después de unos instantes en los que solo bebí y observe mi entorno disimulando mi nerviosismo, recuerdo observar los tenedores de la gente que conversaba, recuerdo muy bien una pareja con la mano vendada agradecer el servicio al salir… Aún se me hace una escena surrealista.


Louis regresa cojeando un poco, me pregunta cómo me siento (nervioso, claro) y tomamos otro trago. Me platica sobre sus vacaciones para desviar mi atención, sin embargo, me decido y pregunto qué ocurre tras la puerta roja, al ver que no es posible distraerme, comienza:

-La ensalada y el polvo blanco que tienes a un lado es un analgésico. Tienes que estar tranquilo o tu carne se pone dura, el chiste es disfrutarla en su punto suave y jugosa. Ahí dentro te ponen cómodo, un poco de anestesia y cuando menos lo esperas ya no tienes una pierna- bromea.


Más tranquilo gracias al alcohol y a los chistes de Louis, comienzo a bromear con él hasta que llega el tan esperado festín… Huele delicioso y luce excelente, ambos tomamos los cubiertos y cortamos la carne, es tan suave y jugosa. -Está sellada con vino tinto…- exclama Louis mientras come el primer bocado, yo pincho un trozo con mi tenedor y la meto a mi boca; dulce y salada a la vez, suave como mantequilla, es deliciosa. No cabe duda de que los ingredientes que adornan el plato son de primera pero la carne… es la mejor carne que he probado, su sabor es indescriptible, mejor que cualquier res que he comido.


Después de terminar el plato reacciono y recuerdo que me he comido a Louis, algo gracioso pero escabroso, entonces un pensamiento vago cruza por mi cabeza… ¿A qué sabré yo?


Cumplo la promesa y le confieso a Louis que está delicioso, reímos mientras le explico mis impresiones hasta que interrumpe con la esperada pregunta: -¿Te gustaría probarte?-. Es tan irreal, supongo que su primera vez fue muy similar a la mía pues pareciera leer mi mente. La curiosidad, el alcohol y mi falta de razón me obligan a decir que sí y antes de darme cuenta, me encuentro caminando hacia aquella puerta roja y desde la mesa Louis me hace una seña con el dedo, segundos después comprendí que eso era lo que debía pedir del otro lado. Dentro de aquel cuarto ya no me sorprendía: una enorme sala de terciopelo, una cama de masajes frente a un televisor, una fuente y armarios en las orillas Una señorita con el mismo uniforme que los meseros me da la bienvenida y charla un poco conmigo como cuando vas a hacerte una revisión médica, pienso que es más que nada para quitar los nervios, me pregunta que parte será y entra a otra habitación, con una mini jeringa pincha la punta de mi dedo y coloca una banda de goma a su alrededor hasta la última falange. Comienzo a sentir temor pero ya estoy ahí, no me puedo arrepentir, la señorita regresa con un aparato sobre una mesita móvil, es como un cortador de puro o un triturador de nueces, me pide colocar el dedo dentro y aunque mi dedo está anestesiado siento el calor que emite ese artefacto, cierro los ojos y escucho un crujir, un rayo de electricidad recorre mi columna y al abrir los ojos veo mi mano siendo vendada, el carrito ya no está y mi dedo tampoco, ahora solo siento que algo falta.


De regreso Louis me espera sonriente agitando su copa de vino, -¿Cómo te fue?- Pregunta emocionado -bien, creo- respondo mirando mi mano, entonces Louis me dice algo que no podré olvidar:

-“El comer es uno de los mayores placeres del hombre, el comer tu propia carne es una experiencia única y gloriosa, eres tú, es tu cuerpo que alimenta tu alma y tu espíritu, es la conexión más íntima que puedas experimentar. Disfrútalo pues es lo que eres, es lo mejor que te puede pasar después del sexo.”


Eso me puso a pensar y cambio mi perspectiva de lo que hasta ese momento había sucedido, es más que solo comer un platillo exótico, es conocerte a ti mismo o por lo menos así lo interpreté.


Después de eso compartimos un trozo de mi dedo a la parrilla con zetas y vegetales, bebimos un poco más de vino. Por alguna razón me sentía liberado de tanta tensión, la tranquilidad de haberlo hecho y las palabras que dijo Louis me hacían sentir más tranquilo.


Al salir, agradecimos el servicio y de nuevo tape mis ojos. Al llegar a su casa subí a mi auto, miré mi mano y tome el volante, conduje a mi hogar recordando todo lo que sucedió, tratando de digerir la experiencia. Esa noche mi cabeza fue un mar de ideas y mi cuerpo un cúmulo de sensaciones. Pero hubo algo que me sorprendió, una pregunta que rondó mi ser por varios días: ¿Lo haría de nuevo? Y la respuesta fue aún más atemorizante: sí.


By. Satyros

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